Cuando yo cumplí catorce años, hice una lista de las cualidades que tenía que tener mi príncipe azul. Y como por coincidencia cromática estaba de moda La laguna azul, pues aquel hombre ideal de mis fantasías adolescentes era catire, de cabello rizado, valiente, tarzanesco, quién sabe si hasta virgen.
Obviamente la lista fue cambiando. Estudiando en la Central, y con corazón de ñángara, mi hombre ideal tendría que haberse leído a Marx, a Engels, a Proust, mínimo a Kundera. Tenía que escuchar ópera y saber de teatro. Y bailar salsa brava. Si era bello o no, no me importaba. Y si tenía plata, tampoco.
Después de haber probado a varios intelectuales que encajaban perfectamente en el modelo, cambié el modelo. La que no encajaba era yo. Tras mi primer divorcio, tuve que incluir en mi lista “independencia económica”. Habiendo, además, conocido los embates de la cotidianidad, anoté también “con sentido del humor”. Y, por supuesto, otras veleidades humanas como “buena cama”, “aseado” y detalles por el estilo.
Y como con una pequeña hija a cuestas es un poco más difícil conseguir príncipes, del color que sea, empecé a tachar cosas de la lista. Ya no me importaba si habían leído a fulano o a mengano. Con que supieran leer me bastaba.
Pero resulta que la vida mía, que se parece tanto a una telenovela, me cruzó en el camino con Frank Quintero. Y yo había estado enamorada de ese hombre desde los trece años. Y eso que no se parece en nada al de La laguna azul. Me enamoré instantáneamente y ¡zuás! me casé con él. Para descubrir, después de ocho años, tres mudanzas, dos hijos, hipotecas y créditos… que él tampoco es un príncipe. ¿Y como para qué? Si fuera un príncipe, seguramente no le cambiaría los pañales sucios al bebé. Ni me llevaría a comer arepas al Trolly. No me complacería dándome masajes torpes en el cuero cabelludo, ni me regalaría el vino barato que a mí me gusta. Si Frank fuera un príncipe y mi vida se pareciera a una película, quizás no hubiéramos pasado por tantas altas y bajas. Y a mí me encantan las montañas rusas.
Así que mi lista ha vuelto a cambiar. El hombre ideal para mí es uno que sabe cómo armar una pañalera en cinco minutos, como desarmar el coche en dos y preparar un tetero en uno. Que se sabe las capitales de los estados para ayudar a los hijos en las tareas y me tiene paciencia cuando escribo hasta las tres de la mañana. Que no se queje de la comida recalentada ni de mis rollos en la cintura o en la cabeza. Que haga promesas de Año Nuevo conmigo y las rompa conmigo, para vernos crecer juntos por dentro y por fuera. O sea, que a estas alturas del partido, mi hombre ideal como que se parece más a un sapo que a un príncipe”.
Indira Páez
Tomado del Blog http://fantocheblog.blogspot.com/
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